Sólo faltaba una hora para que llegara el camión. Comenzaba a despertar el amanecer y en la casa en semi penumbras se desplazaba, como noctámbulo, tendiendo las manos a sus lados para que los obstáculos no se interpusieran. Nada importaba tanto como lo inmediato y lo que luego sobrevendría.
El futuro era luminoso, esclarecedor, el ruido de la gran ciudad del sur, lo acompañaría. Su calor, cultura y ritmo también. Dejaba un hemisferio y un continente que lo habían acogido durante largo tiempo pero regresaba a lo suyo, sus raíces y su objetivo de vivir.
Cuando sonó el teléfono, las palabras fueron breves pero la comunicación muy intensa; eran primero Margarita, la amiga de siempre, ella esperaba el arribo. Luego Ana, su hermana que, más pragmática, preguntó detalles de la mudanza, el viaje y la hora de llegada; todo corroborado se despidió.
Ocho horas duró el vaciar esa enorme casa y doce días el cruce del océano. En otro amanecer, no ya de despedida sino de inicio de algo nuevo, se vislumbró el perfil de la ciudad entre los fantasmas de la bruma y los rayos del sol que empezaban a resaltarlo. Todo comenzaba de nuevo. En ese momento una voz en el intercomunicador del camarote de primera que había ocupado durante esa quincena, avisó que el arribo a puerto se demoraría aproximadamente tres horas por las condiciones meteorológicas.
Solo eso bastó para que el cansancio lo pudiera y se quedara profundamente dormido. Cuando despertó los nudillos de una mano golpeaban acompasadamente y sin detenerse la puerta tenue de madera del compartimiento. Al abrir esperaban sonrientes sus hermanas, su amiga, y la ciudad.
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