domingo, 4 de diciembre de 2011

Negación

El rasquido insistente en la puerta despertó a Juan sobresaltado. Quedó expectante y notó que el corazón le latía aceleradamente. La noche, afuera, sólo balbuceaba los sonidos acostumbrados: grillos y ranas que croaban, el canto intermitente del ruiseñor, algún lejano e irreconocible silbido. Siguió escuchando, ahora más atento. Detrás de esa gran mancha ojival de madera de cedro parecía no haber nadie. Poco a poco, fue entornando de nuevo los ojos ya cansados. Vencían sus párpados a su intriga. Se negaba a inquietarse. Se entregaba.
Durmió plácidamente el corto tiempo que lo separaba del amanecer y de su día inquieto y laborioso. Cuando el reloj sonoro lo sacó casi brutal, del lecho, abrió precipitado la puerta del dormitorio, y salió, rozando sin proponérselo, las dulces patas de Diana que subrepticia, se había enroscado, luego de inútiles intentos por entrar al calor de su dueño, en el vano del postigón de entrada al cuarto.
Mientras se refrescaba la cara los sonidos de la noche anterior se clarificaron en su memoria. Diana, alegre, movía la cola y con la cabeza atenta festejaba a su amo.

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