miércoles, 7 de diciembre de 2011

Esperanza

Se puso a pensar en su vida y recordó su primer amor, el primigenio cobijo familiar, sus vacaciones después de arduas jornadas en el colegio, sus amigos, el club, en fin casi todo lo pasado, vivido y disfrutado. Todo aquello que no volvería. Luego posó su mirada en el desaliento; la contumacia de los dirigentes; esos "supuestos" paradigmas mundiales que, a veces, son la expresión patética de la decadencia y el despojo humano; la miseria; el desarraigo del hombre moderno. Esa educación recibida para un mundo que no existe; lo imposible; la miseria; lo improbable; pensó también en el tiempo como verdad definitiva pero vio que todo es precario como el goce o la felicidad que huye. Se dio cuenta, balanceando, que eso que llamamos el mundo o la vida, es el gran desconocido pero que al fin y al cabo poseía sus secretos y que cíclica como es haría que todo regresara. Sólo restaba esperar activamente, pero no en algo específico, sino casi en la nada, en esa nebulosa primitiva que por lo general siempre termina plasmándose en algo que subsiste y perdura.
Dejó de pensar y se dijo: -Basta de vida, ahora hay que abocarse a lo transitorio.

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