miércoles, 7 de diciembre de 2011

Misterio

Compró el terreno que era un cardal, lo limpió, lo arboló, quedó incluso muy bien parquizado. La casa fue construida después.
La percibió amplia, espaciosa. Tenía doble pared con cámara de aire en el medio por lo que podía exhibirse el ladrillo a la vista dentro y fuera, detalle por el cual junto a la madera de los postigones de las grandes ventanas, la hacía muy cálida. Casi una célula del conocimiento de su alma.
El living amplio y luminoso, amueblado mirando al hogar que se prendía en los inviernos. El comedor, que daba al suroeste, era más frío pero tenía la ventaja que desde él se podía contemplar el poniente, esos atardeceres rojizos o lluviosos y el gran parque. Los dormitorios, al contrario, miraban al noreste y el sol amanecía en ellos. Había también un jardín de invierno que más era un estar y comedor diario en el que la familia casi hacía todo y prácticamente pasaba el día ahí. Dos baños y la cocina completaban los ambientes y si anexamos la galería, desde ella se podía ver casi todo el parque y los límites de la propiedad, también algún lejano vecino reconocido geográficamente por las copas de los árboles y el horizonte.
Las cuatro ancianas solteras que la habitaban, parecían sigilosas, pero siempre afables y amenas. Llevaban en su silencio algo que ocultaban cuidadosamente pero que de algún modo se percibía sin que llegara a develarse.
Lucía, la mayor, cargaba sin duda el principal peso, a tal punto que varias veces hubo que internarla y aplicarle el tratamiento de entonces: electroshocks.
Ese debió ser el motivo de su aislamiento personal y social y la causa primigenia de ese hogar en el campo aunque no del gran secreto, pues esos episodios esporádicos se sabían y comentaban. Poco a poco fueron muriendo todas, de edad avanzada, y quedó sólo la mayor, atendida por una fiel mucama, Delia, de servicio en la casa desde hacía fácil 40 años.
Aquel 26 de julio, Delia, extrañada de que Lucía no se levantara se asomó al cuarto y la vio ya dormida para siempre, en paz, sonriente, con sus 97 años a cuestas y el gran secreto también. Sólo encontró entre sus ropas, las pocas necesarias para una persona de su edad, fragmentos de cartas y sobres no enviados a un hijo imaginario.
Todo se lo habían llevado, y cuando un día los dos solos, pregunté a mi padre por estos temas y las tías abuelas, me respondió:
-Esa casa la hice construir yo y también yo compré el tereno para ellas; ahora todo es tuyo. No insistas.

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